River Plate atravesaba una etapa de plenitud y reminiscencias. El club se llevó la tarde para mirar hacia atrás, evocando un pasado de glorias y de certezas, y se preparó para una velada a la altura de esos años de lujo. En la alineación, el equipo abandonó la vestimenta habitual de gala para salir a la cancha con una camiseta blanca, rematada por la banda roja en el pecho, en un gesto simbólico de celebración y responsablesmiento deportivo. Sabía que esa noche tenía una deuda pendiente: conquistar la Copa Libertadores, un sueño que lo perseguía durante dos décadas.
La historia de la Libertadores en River no era nueva en sinsabores. El club había acarreado intentos frustrados a lo largo de los años: la final de 1966, en Chile, frente a Peñarol, que parecía encaminarse hacia el triunfo y terminó desvirtuándose ante la arremetida uruguaya; y diez años después, una nueva oportunidad en otro contexto continental, cuando River no logró cerrar la cuenta pese a contar con figuras y un plantel sólido. Aun así, el deseo de alzarse con el título seguía intacto. En esa década anterior, el equipo había mostrado su Estampa de campeón, con la memoria intacta de un doblete local en 1975 y la solidez de un conjunto que pintaba para más.
El tramo decisivo llegó en la década de los 80, cuando la suerte parecía esquiva una vez más. En 1984, el club abrió un nuevo capítulo al contratar al Bambino Veira como técnico en septiembre, tras el ciclo de Luis Cubilla de apenas ocho meses. Veira heredó un vestuario que ya mostraba señales de cambio, con Roque Alfaro llegando a principios de año para aportar experiencia y pegada. El debut del ciclo no fue sencillo: el equipo cayó ante Vélez en casa, pero esa derrota sirvió de disparador para una renovación que, poco a poco, fue dando frutos.
Dos años más tarde, River encontró la llave de la gloria. En una noche de lluvia torrencial sobre el Monumental, el equipo logró el cierre de un anhelo histórico con un triunfo frente a América de Cali y sumó la ansiada Libertadores a su vitrina. El gol que quedó como referencia fue el de Juan Gilberto Funes, un tanto que quedó grabado como inmortal en la memoria de la hinchada.
El camino hasta ese desenlace no había sido sencillo: se había atravesado por llegadas de altibajos, por finales que quedaron en la historia sin poder consumarse, y por un plantel que, con nombres como Pato Fillol en la portería, la dupla defensiva Perfumo-Passarella, y el trío en el medio compuesto por J.J. López, Merlo y Alonso, había mostrado categoría suficiente para soñar. En el frente, Luque marcó presencia goleadora y se convirtió en parte esencial de aquella campaña.
Así, River Plate no solo se llevó la Libertadores ese 29 de octubre de 1986, sino que también selló una deuda histórica que había marcado su identidad durante décadas, dejando atrás décadas de dudas y abriendo un nuevo capítulo para el club y su gente.




