Chango Spasiuk, nacido en la ciudad de Apóstoles, al sur de la provincia de Misiones, creció entre ritmos regionales como polcas, mazurkas y schotis, y entre los tintes chamaméres que definen un paisaje de encuentros entre tradiciones. Su infancia y juventud transcurrieron rodeadas de música familiar, y fue ahí cuando se formó en el acordeón, instrumento con el que más tarde emprendió una carrera que ya supera las tres décadas. A lo largo de su trayectoria, su propuesta artística ha ido ganando un lugar entre los creadores que resisten encasillamientos fáciles; la originalidad aparece como su rasgo más elemental y valioso.

El próximo viernes 6 de noviembre, a las 21, Spasiuk subirá al escenario del Teatro Coliseo para presentar Mundo Chango, una experiencia sonora que va más allá de un simple recital y propone una inmersión entre recuerdos personales y un pulso colectivo.

En conversación con este diario, el músico explicó que la idea de Mundo Chango nació a partir de un cuadro donado por un artista de Santa Fe, que muestra a un niño con los brazos abiertos formando un círculo. Más tarde, halló una foto de su propia infancia, en el patio de Doña Fidencia, y comprendió que ese chico del cuadro podría ser él mismo, con los brazos formando un círculo que encierra, dentro, un mundo de años de música por compartir.

Uno de los elementos centrales de la puesta es la “máquina análoga”, un kinógrafo concebido por Martín Schachner, artista visual, diseñador e inventor, cuyo interés pasa por recuperar aquellos artilugios que proyectaban imágenes en movimiento antes de la llegada del cine moderno. Aunque sus máquinas tienen nombres técnicos como zootropos, praxinoscopios y taumatropos, lo importante es su función: crear una experiencia visual en vivo que acompaña a la música. Schachner, cordobés, fue presentado al equipo de trabajo a través de la productora Rita Medina, y su instalación se erige como un verdadero manifiesto escénico. Consiste en una estructura gigante montada con materiales domésticos —hierros, una cama de dos plazas, cartón, espejos, cintas y discos giratorios— que proyecta imágenes sobre un lienzo durante todo el show. La imagen aportada por esa animación visual funciona como una narración paralela a la historia que transmite la música.

La llamada “animáquina” de Martín completa una declaración estética: regresar a lo esencial, a lo simple, a tomar agua pura, en un gesto que contrapone el brillo de las pantallas modernas y los autos de última generación con una sensibilidad más austera y directa.