El film, dirigido por Francisco D’Eufemia, se apoya en un guion conjunto de Fernando Krapp, Julia Straface y el propio director, con una narración a cargo de Belén Blanco y testimonios de Pablo Llonto, Mariana Sirimarco, Rafael Calviño, Alejo Ponce de León, Julia Risler y Yanina Toledo. Su estreno tiene lugar en la Sala Lugones, ubicada en Av. Corrientes 1530.

La historia central parte de un hecho de 1985: mientras la Justicia empezaba a condenar a los responsables de la última dictadura, un grupo de periodistas recibió la invitación de recorrer lo que se denominaba el Museo de la Subversión, instalado en el Regimiento de Patricios, en Palermo. El material grabado ese día nunca fue exhibido y sirve como base para este documental, que además pone de manifiesto la existencia de dos instalaciones semejantes: una en Campo de Mayo y otra en el III Cuerpo de Ejército de Córdoba. Las tres instalaciones convivían dentro de predios que, paralelamente, albergaban centros de detención.

Las imágenes que presenta el filme muestran un repertorio macabro: una colección de “trofeos de guerra” obtenidos por los grupos de tareas y, para completar la puesta en escena, figuras de maniquíes que evocan un parque de diversiones siniestro. Este tratamiento visual revela una dimensión grotesca de la represión, ajena a cualquier concepto de museo tradicional, y plantea preguntas éticas sobre el uso de la memoria histórica.

El documental también se detiene en el marco histórico que dio origen a este tipo de recintos. En un tramo que se destina a analizar la figura de Domingo Bussi, fundador entre 1978 y 1981 de los tres museos, se cita una afirmación que parece anclar la argumento del film: la idea de que la memoria de la nación permanece frágil ante el olvido. Aunque el contexto histórico alude al periodo de la “Operación Independencia” y a la continuidad de métodos represivos más allá de la dictadura, la película invita a comparar ese impulso inicial con la demanda actual de Memoria, Verdad y Justicia, subrayando la tensión entre quienes buscan impedir el olvido y quienes sostienen que ciertos relatos deben ser desmantelados o cuestionados.

El cierre del film desplaza la mirada hacia la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), hoy reconocida como el sitio más emblemático de la memoria. A partir de ese desplazamiento, el documental propone que, si bien estos museos no son sitios de memoria en el sentido tradicional, comparten con ellos una lógica de exhibición y de interpretación de la violencia, que difiere en sus fines y en su ética. En esa dialéctica, la película invita a reflexionar sobre qué significa recordar y qué herramientas deben emplearse para evitar la banalización de las atrocidades ocurridas durante aquel período.