Claudio Tapia no es ajeno a su historia. Su primera aparición televisiva lo mostró joven, con pelo negro y un bigote pronunciado, vestido con una camiseta azul y amarilla que decía “Xeneize”. Aquel momento ocurrió durante un encuentro entre Badajoz y Mérida, en un pasaje anterior a su llegada al mundo del fútbol desde la dirigencia barrial. En esa década, Tapia ya integraba el gremio Camioneros y estaba casado con Paola Moyano, hija de Hugo Moyano, además de manifestar abiertamente su pasión por Boca. Más tarde vendría su trayectoria en Barracas Central, club que militaba en la Primera C.
Su interés por Boca no se explica solo por la afinidad afectiva. En la lectura de su marco estratégico, hay un componente político claro: necesita que la gestión de Juan Román Riquelme en el club sea exitosa para sostener la propia administración de la AFA tras tres años de resultados deportivos no siempre positivos.
La primera razón es que Riquelme representa un aliado clave y la Bombonera se convierte en uno de los pocos lugares donde Tapia se siente menos expuesto a críticas. Hubo un momento de tensión durante un amistoso entre la Selección y Mauritania, previo al Mundial, cuando Tapia entregó una plaqueta a Román y desde las tribunas lo conviertieron en objeto de un cántico desafiante. Aunque la escena fue aislada, ratifica la percepción de que ese estadio puede funcionar como(ast) refugio en momentos de exposición mediática.
La segunda razón es el enfrentamiento cada vez más áspero con River Plate. Tapia requiere de Riquelme para equilibrar las fuerzas, especialmente ante una dirigencia millonaria que forjó una alianza con Juan Sebastián Verón para señalar las aparentes contradicciones del fútbol argentino: campeonatos cada vez más numerosos, reglamentaciones polémicas, sospechas sobre arbitrajes y denuncias de corrupción. Ese bloque reclama cambios para modernizar la competencia, con un formato más cercano a las ligas europeas y que genere mayores ingresos.
El respaldo de parte de la hinchada de Boca funciona como un contrapeso frente al rechazo que suele encontrar entre los simpatizantes de River. Así se entiende la estrategia de Tapia, que gobierna la AFA desde una sede en Viamonte 1366, con una reubicación formal de la sede a Pilar en medio de la disputa con la IGJ por la jurisdicción.
Para que a Román le funcione el plan, Boca necesita ganar títulos. Las dudas internas no desaparecieron por completo. En la actualidad, Boca parece encaminarse hacia el título de la Liga a través de la Tabla Anual, está clasificado a los playoffs del Clausura, participa en las semifinales de la Copa Argentina y disputará la final de la Sudamericana; aun así, el primer semestre dejó una sensación de debacle que truncó la ilusión de conquistar la Libertadores. Los hinchas conservan recuerdos de la mudanza a Huracán y de los problemas para los abonados, pero los ritmos de los buenos resultados logran relegar esas críticas a un segundo plano. En ese marco, la relación entre Tapia y Boca continúa siendo un vector central para la continuidad de su gestión.




